Por qué te beneficia el Psicoanálisis

06.09.2017

Tímidamente atravesó el dintel de la puerta, estaba en la consulta de un psicoanalista. Cuántas veces lo habría fantaseado en soledad, esos momentos donde uno se encierra en sus propios pensamientos acusándose de alguna insuficiencia o soñando en esos cambios que nunca acaban de llegar. Habían pasado años desde la primera vez que se planteó que el mecanismo circular de su pensamiento no le ayudaba a avanzar, los mismos gestos que antaño desplegaba en las relaciones familiares, donde se enfurruñaba por no conseguir lo que quería, se repetían, una y otra vez, en el trabajo, con los amigos, con las distintas parejas que no terminaban de cuajar. 

Como si padeciera de una maldición que le impidiera ver y hacer las cosas de otra manera, su última discusión en pareja le había dejado aniquilado. Nunca tanta impotencia, o tal vez no recordaba otras ocasiones en las que hubiera sentido tamaño malestar. El tiempo lo cura todo o, al menos, hace olvidar la urgencia de tomar alguna iniciativa. Es lo que le pasaba, cuando las cosas no salían como deseaba, se desataba un gran malestar, otra vez ese machaque donde se sentía la peor persona del mundo por haber dejado pasar otra oportunidad de dar la cara, de hacer algo para mantener a las personas a su lado. Todos le acababan abandonando porque, la verdad, era inaguantable. 

En esos momentos recordaba a su madre diciéndole: "nadie te va a querer como yo". Y era cierto, pero ese querer no era el que necesitaba para ser un hombre y hacer su vida, esa madre no le ayudaba y por más que la quisiera, seguir refugiándose en sus brazos era parte del gran problema que tanto le costaba reconocer.

Falta de generosidad. Así se presentó en la consulta del psicoanalista. 

Temeroso, porque había visto florecer y marchitarse tantas veces su deseo de dejarse ayudar. No era la primera vez que reservaba un horario, pero siempre había abandonado su iniciativa a la providencia. Cómo confiarle a un desconocido esos pensamientos que tanto había alimentado en su cabeza, quién iba a comprenderle y ayudarle si ni siquiera él mismo lo hacía. Pensaba en el dinero, en las dificultades, en las fantasías de una vida que no sería ya suya...

La psicoanalista le recibió con amabilidad, acompañándole hasta el consultorio donde el diván presidía el ambiente como en las películas. Él sería esta vez el protagonista de la escena, le tocaba a él hablar de lo que no sabía, cómo empezar.

Freud, en Iniciación al tratamiento, nos recuerda que "la extraordinaria diversidad de las constelaciones psíquicas dadas, la plasticidad de todos los procesos psíquicos y la riqueza de los factores que hemos de determinar se oponen también a una mecanización de la técnica". No hay dos caminos iguales, por tanto, el proceso terapéutico de cada paciente deberá ser único y se producirá en el trabajo conjunto entre paciente y analista. 

No pueden determinarse de antemano plazos para el tratamiento, pues como en una partida de ajedrez, puede saberse de inicios y finales, pero los procesos que intermedian entre ambos dependen de la pericia e implicación de los participantes. Desistiremos del comienzo de un proceso terapéutico si el paciente no acepta las condiciones mínimas para que el mismo se desarrolle.

Tumbado en el diván, perdí de vista la mirada del psicoanalista que recién acababa de conocer. En esta ceguera, semejante a aquella que yo mismo sentía frente a mis propios procesos interiores, comencé a hablar.

Se fue creando en nuestros encuentros otro yo, otras posibilidades en mi discurso que, más allá de mi mente, iban adquiriendo otros sentidos con la escucha y las interpretaciones del psicoanalista. Por primera vez en mi vida salía de esa especie de locura en la que yo mismo era juez y parte. Otra voz tenía en cuenta mi discurso y, más que eso, me escuchaba desde lo que nadie había tenido en cuenta en mí, mi inconsciente.

"Una de las cuestiones importantes que surgen al iniciar un análisis es la de concertar con el paciente las condiciones de tiempo y de dinero. Por lo que se refiere al tiempo, el psicoanalista debe seguir estrictamente y sin excepción alguna el principio de adscribir a cada paciente una hora determinada. Esta hora le pertenece por completo, es de su exclusiva propiedad y responde económicamente de ella, aunque no la utilice. No hay la menor posibilidad de obrar de otro modo. En cuanto intentásemos seguir una conducta más benigna, las faltas de asistencia puramente «casuales» se multiplicarían de tal modo, que perderíamos sin fruto alguno la mayor parte de nuestro tiempo".

Con estas condiciones que poco a poco fui aprendiendo y aceptando, ayudado por la guía del psicoanalista, di el paso más maduro que hasta ahora había podido dar. 

Aceptar ser ayudado para conocer en mí lo que yo mismo ni conocía, permitiéndome separarme de ese narcisismo asfixiante que me hacía ser el centro del mundo.


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