Engañarse a sí mismo es la mayor trampa

23.08.2017

Nuestra cultura descansa totalmente en la coerción de nuestras tendencias. Todos hemos renunciado a una parte de nuestra agresividad y egoísmo, de ello surge la cultura y el desarrollo. La vida misma, y quizá también los sentimientos familiares, derivados del erotismo, han sido los factores que han motivado al hombre a tal renuncia, la cual ha ido haciéndose cada vez más amplia en el curso del desarrollo de la cultura.

Aquellos individuos a quienes una constitución impide incorporarse a esta represión general de las tendencias sexuales más básicas son considerados por la sociedad como «delincuentes» y declarados fuera de la ley, a menos que su posición social o sus cualidades sobresalientes les permitan imponerse como «grandes hombres» o como «héroes».

El desplazamiento de esas tendencias hacia otras más valoradas moral y culturalmente constituye un gran valor y otorga la posibilidad de adaptarnos al medio social en el cual vivimos. En nuestra disposición está la posibilidad de trocar una satisfacción por otra más aceptada y adecuada a nuestro nivel de desarrollo, sin embargo, nuestras tendencias también son susceptibles de fuertes fijaciones, conduciendo a muchas personas a la llamada anormalidad. Cierta medida de satisfacción sexual directa es necesaria, y la privación de esta medida se paga con daños que hemos de considerar como patológicos.

El instinto sexual del hombre no tiene originariamente como fin la reproducción, sino determinadas formas de la consecución del placer. Así se manifiesta efectivamente en la niñez individual, en la que alcanza tal consecución de placer no sólo en los órganos genitales, sino también en otros lugares del cuerpo (zonas erógenas), y puede, por tanto, prescindir de todo otro objeto erótico menos cómodo. Mucha parte de las energías utilizables para la labor cultural tiene su origen en la represión de los elementos perversos de la excitación sexual.

Las exigencias culturales han de ser reconocidas como una fuente de dolor para cierto sector de la Humanidad. Los neuróticos son aquellos hombres que, bajo el influjo de las exigencias culturales, fracasan en la inhibición de sus tendencias sexuales, sufriendo un continuo empobrecimiento interior. Calificamos a las neurosis de «negativo» de las perversiones porque contienen en estado de «represión» las mismas tendencias, las cuales, después del proceso represor, continúan actuando desde lo inconsciente. 

Una de las más evidentes injusticias sociales es la de que el standard cultural exija de todas las personas la misma conducta sexual, que, fácil de observar para aquellas cuya constitución se lo permite, impone a otros los más graves sacrificios psíquicos.

El Psicoanálisis, cuyo desarrollo en el campo de las ciencias ha supuesto un importante revulsivo, es la disciplina que se ocupa del estudio de los procesos psíquicos inconscientes responsables de nuestro desarrollo sexual-social. Gracias a sus instrumentos de lectura, permite en su aplicación terapéutica modificar la influencia de la represión psíquica en nuestro desarrollo vital. Si bien la represión funda nuestro complejo aparato psíquico y es un mecanismo normal y necesario, también genera en muchos individuos el desarrollo de inhibiciones, síntomas y trastornos patológicos como manifestación de la imposibilidad del sujeto a dar otra vía a sus tendencias sexuales. Recordamos aquí que ya en 1900 Sigmund Freud, el iniciador del Psicoanálisis, definió la sexualidad más allá del ámbito genital, sino como aquello que desde nuestra más temprana infancia nos permite generar los vínculos afectivos y sociales que constituirán nuestra propia vida humana.